Por una Latinoamerica libre

Sobre el golpe de Estado de junio de 1973 en Uruguay

Por Luis Castillo

 

El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia; pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que pueda ocultar la basura de la memoria.

-Eduardo Galeano

 

 

Hubo una vez un país en donde ciertas cosas iban al revés. A diferencia de la mayoría de las naciones circunvecinas había logrado mantener un sistema cercano a lo que los libros llaman democracia, con una calma que parecía otorgada por los ríos y mares que rodeaban el territorio de fértiles campos y llanos. Esas aguas tranquilas del sur apaciguaban la geografía nacional, de tal manera que la gente solía mirar el calmo vaivén de las olas cuando se suscitaba algún problema; conjurándolo para cuando los ánimos se calmaran después de la terapia de hipnosis que daban las corrientes marinas. Claro que este efecto no se presenta salvo en lugares privilegiados del globo, pues en este hemisferio las corrientes van al revés. Al revés corre el agua en la tubería y al revés apunta la brújula. Al revés van las estaciones y al revés están las estrellas. La navidad es calurosa y junio frío, en primavera empieza el ocaso y en otoño renace la vida.

Azares del destino o evolución histórica hicieron que nuestro héroe geográfico comenzara a parecerse más a la región a la que pertenecía. Efectivamente, no cambiaron ni los polos magnéticos ni la rotación del planeta, pero sí cambió la perspectiva de ver, tanto las llanuras serenas, como los mares y aguas circundantes cuasi medicinales. Pronto esos paisajes se llenaron de horror como acontecía en los demás países latinoamericanos. Cuando los milicos llegaron, las corrientes que antes solían curar el alma a los pobladores se volvió una plaga vomitiva. El Plata, otrora calmo, dio a escupir sobre las playas y bordes cadáveres de disidentes políticos. Como macabros naufragios aparecían cuerpos hinchados y azulados devueltos por un mar que no aceptaba complicidades en el crimen. Desfigurados ya por los peces carnívoros, ya por el efecto de sus torturadores sobre la carne, era difícil quitarles el anonimato que trae la muerte en esos términos. Nadie quería reconocer a sus seres queridos en estado de putrefacción por sus defectos o marcas de nacimiento, que permanecían aun después de su fin, arrebatándoles su identidad en vida.

Las actividades económicas se vieron afectadas, pues como uno de los principales productos de exportación quedaron las personas, quienes buscaban refugio en otras geografías para salvar sus vidas. Al igual que El Plata enviaba de regreso a quienes no pertenecían a él, este país expulsó como reflujo una gran cantidad de hombres y mujeres, conocidos como refugiados. Arrojados con violencia del seno materno, quienes huían al exilio arrastraban consigo la culpa de quién huye de un inminente hundimiento de su embarcación.

La tierra también sufrió cambios a partir de la llegada de ellos. En esta área geográfica predominaban las grandes extensiones de llano; pastizales totalizaban el horizonte de las llanuras que antes eran fuentes de la prosperidad económica de este país. De vez en cuando aparecían algunos arbolillos por ahí que beneficiaban a la gente con frutos, sombras y aire fresco. Esas enormes plantas crecían con la bondad misma que generaban. Cuando comenzó la dictadura hasta la flora del país se vio afectada. Curiosamente, alrededor de las comandancias de policía y campos militares, a la par de las cifras de los desaparecidos iban las de siembra de árboles. Lo macabro del asunto es que en vez de utilizar un abono adecuado para la floresta recién plantada se utilizaban las bondades orgánicas de los cadáveres de los rebeldes. Aquellos arbolillos crecieron ocultando un crimen que no habían cometido, y que debían cubrir para seguir viviendo.

Dicen que gobierno militar ha terminado –exactamente en 1985–, sin embargo, como recordatorio obligado siguen apareciendo los restos silencios de las victimas en excavaciones, exploraciones submarinas, en los archivos policiales, en los recuerdos de los sobrevivientes, en la poesía. Tal vez el gobierno pretenda ocultarlos, o sus familias ya los hayan olvidado, mas ahora, siendo polvo diluido vagan por el viento respirándose por todos los moradores; cual silicosis, los pulmones se inundan por el delito de buscar la igualdad.

468 ad

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *