Por una Latinoamerica libre

GRUPO PROCESO PENTÁGONO Y ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA VIOLENCIA

Reseña

Por Ivette

Fotografías: Tonatiuh AG

 

Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto

Graffiti, Julio Cortázar

La escenificación de la violencia a través de los distintos lenguajes de la creatividad no deja de ser, por naturaleza, una representación, pero hay muchas razones para  aceptar su validez como aproximaciones, evocaciones del hecho violento y ocasiones para avivar la necesidad de la memoria y la justicia.

Carmen Bernárdez Sanchís

 

Cuando hablamos de tortura podemos remitirnos fácilmente (fácilmente desde quien mira la desgracia ajena mientras se limpia las manos llenas de sangre o desde  quien golpea mientras se lamenta de la violencia hacía ese otro lejano, bien lejano) al Cono Sur: el periodo de las dictaduras que acabó con una época donde la utopía se construía con la pluma y con el fusil. Una época de convulsión, crisis, disputa y reconfiguración. Donde el arte dejó los museos y salió a las calles, a las fábricas; esta marcha de artistas, trabajadores y estudiantes que estaban construyendo un sur donde la revolución era posible; mientras la voz de las mujeres emergía de entre las entrañas del patriarcado. Para inicios de los 70 y con la articulación de la Doctrina de Seguridad Nacional y la teoría del enemigo interno que señalaba a lo “subversivo” como el primer enemigo ante la amenaza de la expansión del comunismo y de la “doctrina marxista” en América Latina; cuando en 1966 ya había sido señalada la cultura como principal difusor del marxismo; ya habían ocurrido las grandes fugas de cerebros, las prohibiciones de libros y obras; llega una de las épocas de mayor represión: desapariciones forzadas, cientos de desapariciones forzadas; métodos de tortura aprendidos en la Escuela de las Américas; asesinatos ocurridos por todo Chile, Brasil, Argentina, Uruguay…

Pero cuando hablamos de México la memoria se difumina; no tenemos memoria histórica sobre las desapariciones y las torturas aplicadas en nuestro país también durante este periodo de represión. A pesar de la masacre de Tlatelolco, los recuerdos de la época de la dictadura se reducen a la concesión de asilo político que México otorgó a muchas personas que escapaban del sur; mientras al interior del país asesinaban guerrilleros, mujeres, hombres y niños. El juego de la memoria y olvido se hacen visibles, se diputan. Recién comienza a hablarse de tortura en México, con el oleaje contrainformativo que ha permitido ver más allá de las cifras oficiales emitidas desde el gobierno.

En este sentido el Museo Universitario de Arte Contemporáneo presentó recientemente “Grupo Proceso Pentágono. Políticas de la intervención 1969, 1976, 2015”. Una retrospectiva histórica que se inscribe precisamente en esta disputa. Una mirada atrás, de esas que casi  no hacemos, de la práctica e intervención de un colectivo artístico mexicano “Proceso Pentágono” fundando en 1976. Un colectivo artístico mexicano ¡ah! Un par de años de estudio de procesos artístico-políticos en América Latina, embebida en la literatura crítica, comprometida o política (los tres nombres válidos en distintos momentos históricos) y mirando con asombro, desde la memoria construida, el Tucumán Arde y la turbulenta época de los sesenta con sus politización del arte y la radicalización de los procesos que llevaron a varios artistas a posicionar al arte como un frente de lucha; me habían hecho preguntarme, como de pasada, por México y sus proceso artístico-políticos. No encontraba respuestas seguras. El olvido también traiciona. O será que en este país el olvido se construye desde las escuelas, donde se impone la “verdad histórica”.

Pero aquí estamos, la desdoble argentina que recuerda los procesos artístico-políticos del Cono Sur, el fotógrafo construyéndose alas y yo, preguntándome todavía por México y su lucha. Recorriendo una serie de memorias, instalaciones, reconstrucciones, recortes; una muestra de todo aquello que hizo el colectivo para hacer visible los procesos de tortura que se llevaban (llevan) a cabo en este país “sin dictadura”. La historia de Proceso Pentágono como un colectivo que se posiciona contra las políticas represivas del Estado, que, como en el Tucumán Arde, también se basa en la investigación social para generar esta suerte de contrainformación a las versiones oficiales a propósito de las desapariciones, asesinatos y violaciones. ¿Por qué hablamos en presente? Porque todo sigue pasando. La historia vive y duele.

“Agruparse o morir”, se lee en un recorte de periódico a propósito de la presentación del grupo en la Bienal de París de 1977 y “Libertad” se lee en algún muro, porque puede ser casi cualquier muro, de la instalación. “Nuestro campo de lucha es la cultura”, la disputa de la cultura, a través de manifestaciones artísticas y talleres, todo aquello, dicen, que se aleje de las dinámicas mercantilistas de la cultura mexicana; información sostenida en el documento de apertura del Centro Proceso Pentágono, mientras sus miembros se declaraban comprometidos y comprometidas con el acontecer de América Latina y México. Grupo Proceso Pentágono, colectivo fundado por Carlos Finck (Ciudad de México, 1946), José Antonio Hernández Amezcua (Ciudad de México, 1947), Víctor Muñoz (Ciudad de México, 1948) y Felipe Ehrenberg (Ciudad de México, 1943). Posteriormente se unieron Carlos Aguirre (Acapulco, 1948), Miguel Ehrenberg (Ciudad de México, 1952-2006), Lourdes Grobet (Ciudad de México, 1940) y Rowena Morales (Ciudad Obregón, 1948).

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En este punto y después de recorrer dos salas, en una nos encontramos esa instalación que hicieron a propósito del centenario de Karl Marx en el museo del Palacio de Bellas Artes. Grupo Proceso Pentágono formó parte de esa exposición colectiva, montó una mesa y sillas, frente a un ventanal a través del cual se podía leer Hotel Marx, enormes letras de neón. La noche del estreno los y las artistas se sentaron a charlar y a beber. “Ehrenberg publicó una nota sobre la pieza, en la que se refería a Marx como un tío que a veces llega a casa y luego se va, un visitante de paso.” [1] Entonces, después de dos salas tenemos que centrarnos en el tema al que estábamos, querámoslo o no, convocadas, convocados: la violencia.

El espectáculo de la violencia

El dolor era el que era. No hay nada que añadir. Los aspectos cualitativos de las sensaciones son incomparables e indescriptibles. Fijan los límites de  nuestra capacidad de comunicación verbal. Quien deseara ‘compartir’ su dolor físico con los otros, se vería forzado a infligirlo y por tanto a tornarse él mismo en verdugo.

Jean Améry, Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia.

 

La forma de aproximación del arte a la violencia es a través del símbolo, la alegoría, la metáfora y la metonimia o puede hacerlo mediante la imagen explícita, como lo explica Carmen Bernárdez Sanchís[2], mientras hace un recorrido por las formas de representación de la violencia en los últimos años del siglo XX. Lo que se pretendería con la representación de la violencia desde el arte, es evocar sus estragos de mil formas, “desde las más brutales, hasta las más sutiles”; creando en el espectador una experiencia única e intensa “ante la que muchas veces éste se sentirá desarmado, empujado a hallar en sí mismo resonancias interiores que le hagan redescubrir su propia sensibilidad, su propia fragilidad como ser  humano”.

Al final de todo, la experiencia museográfica es o debería ser, algo más que un recorrido visual. Debería tornarse un recorrido sensitivo, evocativo; una experiencia provocadora que active todos los sentidos y la memoria, la historia. ¿Cuál es el propósito del evocar, recordar la historia del grupo Proceso Pentágono? Quizá eso fue lo que nos preguntamos la desdoble, el fotógrafo y yo. El recorrido es histórico, desde los inicios del grupo, hacia sus últimas participaciones; monográfico, mostrando las distintas temáticas, sus participaciones internacionales y las noticias en torno al grupo; y, por supuesto, se recurrió a uno de los recursos que buscan precisamente envolver al espectador, las instalaciones. El museo ofrece y muestra las instalaciones que el grupo Proceso Pentágono utilizó en su momento, las representaciones de la violencia; que como lo hemos dicho, busca precisamente derribar esa barrera con el espectador e intentar, intentar solamente diría Améry, mostrarle el dolor de las víctimas. Las instalaciones son “entornos que envuelven al espectador en un nuevo tipo de relación en el que se desdibujan los límites entre el escenario, las bambalinas, su posición en el espacio y los mecanismos de la mirada y del tiempo. Es muy cierto que lo morboso extremo y la búsqueda de un impacto asegurado pueden obstaculizar y anular un mensaje crítico que hubiera podido trasmitirse, con un notable riesgo de espectacularización.”[3]

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 Antes de acceder a la primera instalación nos detiene la advertencia, dice  que  se reconstruyen objetos-imágenes que pueden afectar la sensibilidad de las personas, es de eso de lo que se trata, pienso, de afectarnos. Supongo que se referían a que algunos y algunas no soportarían la visión que se presentaba a continuación. Se trata pues de un cuarto de tortura; la representación del cuarto donde se torturó a hombres y mujeres durante los setenta. Una no puede rebasar el límite, puedes mirar el cuarto desde fuera: una silla, una lámpara, la chamarra del torturador en el perchero, una suerte de  tina redonda, una radio con música alegre y sobre el suelo los restos de sangre del torturado. Exposición permanente, detener el tiempo y que el momento perdure, en ese cuarto acaban de torturar a alguien. A un lado del cuarto está algo parecido a una cocineta y encima, ordenadas minuciosamente, los instrumentos de tortura. Recuerdo que yo lo miraba todo medio extrañada, medio impactada, medio dolida; mi desdoble con su memoria de las dictaduras del sur se había lanzado a algún rincón a llorar.

  Quizá el momento cumbre, ese momento que se buscaría provocar con la instalación, con la presencia del fantasma de la violencia en un país sumergido en la violencia cotidiana, un país con una memoria frágil; vino desde otro lado, desde “el afuera”, cuando dos jovencitas se tomaron fotos, posando y sonriendo a las puertas del cuarto de tortura, mientras se reían del espectáculo. Pasaron dos personas más que no dudaron en tomar fotografías y fotografiarse en el cuarto; los vigilantes tuvieron que intervenir para decirles que no podían entrar. Todo el mundo sonreía. Yo estaba un poco paralizada. El fotógrafo llegó más tarde, a penas recuerdo su reacción; miró el cuarto, no accionó la cámara, siguió.

La siguiente sala, también una instalación, muestra una serie  de espejos, sobre una repisa. Es una prolongación de lo anterior, puedes mirarte al espejo, ¿después de qué?, ¿qué miramos?, ¿a quién miramos?, mientras abajo, sobre un estante aparecen hojas sueltas, son las historias de los y las torturadas, testimonios, noticias sobre desaparecidos y desaparecidas en Guerrero durante los setenta. Me pregunto si una debe leerlas y después ver si es posible mirarnos a los espejos y si nuestros rostros siguen siendo los mismos. Detrás, al volver la mirada, observas a través de una rejilla la siguiente habitación, que nos muestra, en todo su esplendor, la metáfora de la muerte; quizá de nuestra muerte.

Tirada, quemada, la representación de una persona. Un cuarto casi vacío, negro, oscuro. Una luz intermitente ilumina de a ratos al torturado y al ¿espectador?  Sólo dos objetos más: una noticia sobre el petróleo y en el fondo bancas, como las que se disponen para la contemplación de un espectáculo. No diremos más. Que el lector o la lectora haga su interpretación.

¿Y nosotras, nosotros?

Salimos de la última sala donde otra de las instalaciones exhibía, desolados, los objetos de los y las torturadas; objetos, como representación de la violencia, no sólo de la violencia cotidiana pues en este sistema se invisibilizan los procesos de explotación que están detrás de los objetos, la sangre con la que son hechos.  Sino que además contenían la violencia de ser la prueba de la vida. La  historia de vida de alguien que fue asesinado, asesinada, torturada. La única prueba, quizá, de esa existencia.

Las puertas automáticas se cerraron detrás y al frente, enorme, exhibido en la parte delantera del MUAC, un letrero que dice: “Se necesita más poesía”. ¿para  qué?, ¿es suficiente el arte?, ¿aún funcionan los museos?, ¿necesitamos invadir las calles?, ¿o sólo somos ciegos, ciegas e insensibles? Esta necesidad de fotografiarnos, de fotografiarlo todo, que requeriría un análisis mucho más profundo y ya emprendido, a propósito de la representación del yo y de lo social en nuestras sociedades, capitalistas, consumistas. A veces pienso si tiene que ver con el sentido (o si nos hemos formado un sinsentido) de la muerte, con la velocidad de la vida productiva, con el morbo, con la necesidad de aprehender las situaciones, banales y ligeras que se deshacen.

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Todos los días miramos la violencia y de frente. No sólo en los periódicos de tres pesos, que son costillas de los grandes periódicos de derecha de nuestro país, y que exhiben la violencia como una mercancía que se vende bien. Y las noticias del cuerpo colgado en Iztapalapa o de un padre quien asesinó a su familia y luego se pegó un tiro. Este sistema ha constituido la violencia y la guerra como formas de relacionarnos, está interiorizado; quizá por eso no reflexionamos en torno a las miles de personas que mueren cada año, sin que una sola bala se dispare, víctimas de la violencia estructural, o apenas nos sorprendemos con el despliegue de violencia política contra los grupos de lucha y resistencia ante los ataques constantes del Estado. Las  cifras de feminicidio parecen no tocarnos. ¿Hemos interiorizado la violencia? ¿Nos hemos vuelto indiferentes? Tanto así, como para tomarse fotografías frente al cuarto de tortura sin que  se nos remueva la memoria histórica. No. Nos rompieron la memoria histórica. ¿Aún funcionan los museos y las instalaciones? Una de las premisas del arte combativo es no sólo provocar sentimientos en el espectador; sino movilizar a los y las espectadoras, hacer partícipe a aquellos que llamamos público. Movilizarlos desde las entrañas hasta la acción colectiva. ¿Qué necesitamos ahora del arte? Ante la exposición de la historia de un grupo que precisamente abogó por un arte que interactuara, dialogara con las personas a fin de combatir la información “oficial” y develar la historia de violencia política en México, en aquellos años donde “no se instaló una dictadura”. ¿Qué necesitamos hoy del arte en una sociedad acostumbrada a la violencia?

¿Qué? En eso me quede pensando mientras esperábamos el bus y la sensación de imposibilidad se iba disipando. Hay algo que subyace en el fondo de la representación de la violencia a través del arte, que por supuesto pasa por el impacto en el espectador, por “atacar” sus sentidos, sus entrañas, su memoria; pero y sobre todo pasa por la reflexión, por el análisis crítico y, aún más, por la movilización, comenzar a preguntarnos más allá de la obra, ¿qué hacemos con esto?

 Casi hasta el final recuerdo aquel objeto. El fotógrafo me dijo “ya viste esta” y yo volteé y ahí estaba, el juego con los espejos otra vez. Una fotografía que exhibía la imagen de la policía reprimiendo a una persona, pero que si una se asomaba al espejo detrás de la fotografía aparecía, ya calcinado un cuerpo, abandonado a mitad de alguna calle, casi cualquiera de nuestras calles y al mismo tiempo, una se miraba a los ojos. Esa es nuestra violencia. Todos los días nos miramos a los ojos y vemos la violencia en todas partes. Esa es la imagen que no me abandona. ¿Qué hacemos con esto?

[1] Con información expuesta  en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo

[2] Bernárdez, Carmen, Transformaciones en los medios plásticos y representaciones de la violencias en los últimos años del siglo XX en Imágenes de la violencia en el arte contemporáneo, Madrid, 2005.

[3] [3] Bernárdez, Carmen, Transformaciones en los medios plásticos y representaciones de la violencias en los últimos años del siglo XX en Imágenes de la violencia en el arte contemporáneo, Madrid, 2005, p. 87.

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