Por una Latinoamerica libre

Apuntes desde un baño o cómo sobrevivir a la búsqueda

por: Lunacristal Roja

Estoy en un baño de Ciudad universitaria tal y como Auxilio Lacouture lo hubiera querido, iba a a entrar a la conferencia sobre el concepto de civilización en Braudel, sin embargo algo rugió en mi estómago y todo salió mal, llevo refugiada en el baño 10 minutos aproximadamente. Y no Auxilio, no puedo debrayar ni con el papel de baño ni con los poemas, el mundo hace mucho ruido, los jóvenes están afuera, dando batalla. El año de Ayotzinapa está a la vuelta de la esquina. ¿Tu como hacías para escucharte? A veces no me escucho, intento concentrarme y escucho esas consignas de los universitarios, de los amigos, de las madres. A los padres casi no los escucho pero veo sus ojos, llenos de tristeza, ¿jamás llegará su calma Auxilio? O ¿la calma es un invento más de mi angustia de vivir? ¿Cómo sanamos sus heridas? Tú, la madre de todos los poetas, ¿como cobijarías ese cuerpo desaparecido? No me hace sentido una conferencia sobre “civilización”, ¿qué civilización estamos viviendo? No puedo sentarme y verlos hablar por horas, minutos. ¿Cuántos minutos esperaremos? Pasan lento cuando los buscamos. Ni un solo cuerpo, Auxilio. Y me queda claro que la búsqueda no es la misma para todxs. Ellxs buscan en diferentes sitios. Los buscan en sus camas, en las miradas de alguien más, hay quien ha buscado tan dentro que se pierde. ¿La búsqueda es esa cosa interminable como el camino a Itaca? ¿Cuál es el fin de la búsqueda? Empezamos buscándolos y a la mitad me encontré con mucha gente buscando lo mismo. Esa sensación de no estar sola. Ese camino a casa, como el día que supe lo de Rubén y Nadia. Salí del metro y hacía mucho frío, entré a un edificio especialmente silencioso, era el edificio en el que yo vivía, sentí miedo, ¿y si a mí también me veían? ¿Y si también vigilaban mis pasos? Pude haber sido yo y no Nadia, pude haber sido yo y no Rubén. Sentí que, desde una mirilla, seguían cada uno de mis movimientos, y entonces comencé a buscarlo. Primero lo busqué en los retratos que tomaba, lo quería ver ahí, detrás del lente. Después lo busqué en sus testimonios, en cada palabra que decía, con valentía, tembloroso. Lo busqué en el enemigo, en el asesino, en sus miradas. Lo busqué tanto que me encontré harta, enojada e impotente. Se escuchó un ruido en la ventana y en un abrir y cerrar de ojos -entre esos colores que me confunden y no sé si estoy despierta o estoy soñando-, vi a tres hombres en el marco de mi puerta. Preguntaban por mi hermana. Respiré profundo y los invité a mi sala, fingiendo manejar la situación. En ese momento recordé los testimonios de las mujeres que torturaron durante la dictadura chilena. Ellas teatralizaban, adoptaban un personaje que no tuviera miedo, un personaje que no tuviera información de nadie, un personaje que pudiera escurrirse de la tortura y pasearse por el túnel negro de la muerte sin temblar. Les invité algo de beber, tenía cervezas en el refrigerador y les serví una a cada uno, dejaron de hablar y solo miraban. No recuerdo sus rostros, podían tener el rostro de un paisaje o de una habitación. Me preocupaba mi hermana, sabía que llegaría en cualquier momento. No podía salir por la puerta porque me verían, así que fingí -una vez más- que iría al cuarto por algo. Me salí por la ventana, bajando por las tuberías y desgarrándome los dedos. Ya abajo, Busqué desesperadamente a mi hermana. Intenté llamarle pero siempre me equivoqué de número. Y por fin la vi, caminado hacia mí con su paso saltado. Corrí hacia ella con el tiempo encima porque ellos ya se habían dado cuenta de mi ausencia. La tomé de la mano y corrimos mucho, juntas, de la mano. Nunca habíamos corrido tanto juntas. Nunca habíamos temido tanto juntas. Dibujamos las calles con nuestras sombras. Me moví, me moví mucho, como celebrando la oportunidad de moverme, de desplazarme, de bailar. Celebramos el paso ritualizado entre miedo y risas, cada vez menos miedo que risas. Me buscaron, yo lo sé, y probablemente nos sigan buscando en mi propia casa, a mí, a mi hermana y a nosotras y nosotros que nos hemos vuelto cómplices de la cuidad, siguiendo el mapa de quienes sólo pudieron dejar sus huellas, evidentes para nosotros, invisibles para ellos. Y sí, quizá la búsqueda no tenga fin, Auxilio; porque son muchas las ausencias y pocas las huellas pero nos seguimos encontrando. Pero su búsqueda, la de los asesinos con corbata, la de los cínicos, la de los hombres bajo el marco de la puerta, esa búsqueda, sí que tendrá fin. Porque cada vez que buscan, se pierden. Su humanidad queda más enterrada que los cuerpos que sepultan; porque confunden nuestras huellas con el odio a los abrazos ausentes, porque confunden nuestras sonrisas con sus abismos. Porque no pueden lidiar con nuestro horizonte desde el cemento. Y ahí, inmóviles, se preguntarán si algún día nos terminarán y yo desde mi ventana volveré a huir, a correr, a reír.

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One Comment

  1. Debes saber a donde vas. Te sentiras mas confiado en un nuevo ambiente si sabes como moverte en tu escuela. Si la escuela es muy grande, es posible que te pierdas, asi que intenta conseguir un mapa y resalta tus clases principales y las rutas mas rapidas para llegar a ellas. Averigua donde estan los banos y que mesas y escritorios son los mejores para llegar rapido a ellos.

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