Por una Latinoamerica libre

Sobre la tensión de clase

Sobre la tensión de clase en “La hora de la estrella” o el derecho al grito

Sandra Ivette González Ruiz

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la
Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos
Eduardo Galeano

Es la historia de una inocencia herida, de una miseria anónima, sobre una muchacha que no sabía que ella era lo que era y que por ello no se sentía infeliz.

Clarice Lispector

Es “La Hora de la Estrella” la novela publicada en 1977 pocos meses antes del fallecimiento de una de las autoras más importantes de la literatura latinoamericana, la brasileña Clarice Lispector. Es en este relato donde Clarice nos muestra una figura femenina perteneciente a la clase baja que se muda al corazón económico de Brasil para incorporarse a la fila de nadies que hacen funcionar al sistema, mientras pone en tensión a dos figuras que formaron y forman parte de las disputas políticas en terrenos como la cultura y el arte, por un lado la muchacha de la clase trabajadora que forma parte de los y las oprimidas, explotadas y por otra parte Rodrigo S.M. el intelectual-escritor que relata la historia de Macabea mientras cuestiona sus privilegios, mientras se despedaza y se pregunta por el papel de la palabra y su eficacia, tal y como lo hicieron cientos de escritores durante la época de los sesenta en América  Latina.

Hay una línea narrativa, una columna vertebral del relato compuesta por la “ignorancia” de Macabea, una ignorancia de su condición de clase, que la coloca en aquel lugar de explotación y humillaciones sin protestar, sin siquiera cuestionar la vida que lleva, como si aquel  lugar hubiera estado destinado para ella, la mujer se levanta a cumplir con su papel y lo hace feliz.

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Es así como el autor comienza el relato con dedicatorias, una de ellas destinada a su pobreza, a su antigua pobreza, dice, cuando todo era más digno y aún no había comido langosta. Y marca este requisito de los y las intelectuales: culpabilizarse por los privilegios que les proporciona su profesión, mientras los y las oprimidas existen, sobreviven. Así comienza a formarse esta suerte de tensión de clase a partir del reconocimiento del otro, del reflejo en el otro, aceptación y rechazo del otro o mejor dicho de la otra. Este vínculo se establece entre el narrador y su personaje, Macabea. La autora del texto configura una marcada tensión de clases a lo largo del relato, la tensión se da entre el narrador y la muchacha norestina, pero también entre el narrador y el lector, a través de la interpelación constante a los privilegios de los que goza quien lee. Pero también hay una tensión constante entre la norestina y el lector, pues, como pide el narrador, a través del relato se exige un reconocimiento del otro, un reconocimiento en ella.

Esta condición de clase de Macabea parece producir, junto con otros elementos, la crisis a la que se ve sometido el narrador a lo largo del relato, dice: “La muchacha es una verdad de la que yo no quería saber”. El camino de la conciencia no tiene vuelta atrás. Ricardo es quien va configurando el relato y a la vez quien va configurando esto que aquí he denominado tensión de clase. A través de ironías, interpelaciones directas y, sobre todo, un constante ponerse en el lugar de la norestina, incluso dice que para escribirla tendría que dejarse la barba larga y no comer, como para sentir un poco el ser que representa la muchacha. También parece que a ratos padece demasiado el relato y se pregunta constantemente por lo que podría hacer por ella, se culpa por no hacer algo concreto o se lava las culpas diciendo que no puede hacer nada. Él mismo cuestiona su posición de clase, al reconocer sus privilegios, pues mientras escribe goza de ciertas comodidades en contraste con la pobreza de Macabea (pobreza, aunque no miseria, pues como el narrador afirma, existe una subclase en peores condiciones). Se configura también la posición del intelectual, que Beatriz Sarló y Carlos Altamirano definen como un estrato social que se ubica entre la burguesía y el pueblo y que puede servir a uno u a otro. Lo ubico así sobre todo en los momentos en que Ricardo cuestiona su práctica, su escritura, su poder hacer algo más que escribir un relato sobre la chica pobre o la pobre chica. Pero también cuando se ubica fuera de las clases sociales, escribe: “Soy un hombre con más dinero que quienes pasan hambre, cosa que de alguna manera hace de mí una persona deshonesta (…) Sí, no tengo clase social, marginal como soy. La clase alta me tiene por un monstruo extravagante, la media me ve con la desconfianza de que pueda desequilibrarla, la clase baja nunca se me acerca.” Para mí, esta imagen es una referencia al papel ambivalente del intelectual, del artista, del escritor con respecto a su posición política frente a la palabra y frente a su contexto social. El narrador parece cuestionarse todo el tiempo, como si el relato que va escribiendo lo pusiera en crisis y tuviera que ir definiendo una posición.

Uno de los guiños irónicos que hacen referencia al mundo capitalista y que también conforman esta tensión de la cual hemos venido hablando, es la alusión al patrocinio del relato por parte de coca-cola. Como Juanito Lagunas, la obra de Berni, expuesta en los museos de la clase alta argentina y un millón de ejemplos más. Otra cuestión que aparece de nuevo en referencia al papel del escritor intelectual en el mundo social, es esta tensión que se genera entre acción y palabra, y que aparece cuando el narrador dice: “Pero ¿por qué me siento culpable? Y procuro aliviarme el peso de no haber hecho nada concreto en beneficio de la muchacha”. En constante tensión, el propio relato pone en crisis al narrador, quien cuestiona su hacer y su ser a partir de Macabea, quien alude a que la realidad se le presenta como irremediable y desbordante. Incluso en una de las imágenes busca aliviar lo que la chica le provoca dándole cariño a su perro.

Una de las características que distinguen a la muchacha, quien representa a cualquiera de las muchachas de su misma clase social, es la aceptación de su “destino”. A lo largo del texto son recurrentes las alusiones a aceptar el orden de las cosas porque son así, a aceptar que su condición no puede cambiar, dice el narrador: “Nunca se quejaba de nada, sabía que las cosas son como son”. Ya el narrador desde los inicios la introduce como alguien que no tiene, como café frío, insignificante, enferma, alguien que se siente culpable por ocupar un lugar en la existencia. Hay pequeños momentos, destellos, en los cuales Macabea entrevé su condición, como al leer el título de un libro: “Humillados y Ofendidos” y pensar por primera vez en una definición de clase, sin embargo, en seguida apaga el pensamiento, para volver a decir: “Las cosas son como son”. Otro destello se da al escuchar la canción “Una furtiva lácrima”, la cual la hizo pensar en otras formas más delicadas y lujosas de sentir. Pensó en la palabra: aristocracia.
Está marcada la cuestión de la ficción del destino manifiesto, del orden inamovible de las cosas: “pasaba el resto del día representando con obediencia el papel de ser.” Esa muchacha que incluso tiene que inventarse una infancia feliz. Quien sonríe en la calle, pero nadie la mira, nadie la ve, porque en una ciudad como aquella, las muchachas como ella no existen. “Creo que se consideraba sin derecho, ella era un azar. Un feto abandonado en el cubo de la basura, en vuelto en un periódico. ¿Hay millares como ella? Sí, y que apenas son un azar.”

Esta ignorancia, esta no conciencia de sí es característica de Macabea y es en parte lo que la sostiene, el pensar que las cosas tiene que ser así, porque la vida es así. Dice el narrador que no se daba cuenta de que en una sociedad como la nuestra ella representaba un tornillo prescindible (como todos, como todas). No reclamaba nada y hasta era feliz, ya decía Freud que para ser feliz bastaban dos cosas: hacerse el idiota o ser un idiota, Macabea: “No se trataba de una idiota, pero tenía la felicidad pura de los idiotas.” No tenía conciencia de sí o la conciencia que tenía es que no era nadie y no tenía derecho a nada. No tenía conciencia de clase. Con tan sólo la descripción de su físico podemos inferir la vida que llevaba, una descripción que la muestra todo el tiempo enferma, cuerpo enfermo, piel enferma, por la falta de alimento. La tensión de clase se revela aún más fuerte cuando entra en escena con los otros personajes, Gloria, quien la invita a su casa y el médico, quien en un acto de crueldad le recomienda comer spaguetti, algo que Macabea ni siquiera conocía. El doctor quien tiene conciencia de que la condición de la nordestina, su salud deteriorada, se debe a la falta de nutrición.

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La última estampa del relato nos trae a la cabeza a Sísifo, el hombre condenado a subir una roca, luego soltarla, dejarla caer y volver abajo por ella y empezar su jornada, cumplir con su destino. Como el trabajador y la trabajadora en el sistema capitalista, quienes se levantan todos y cada uno de los días a cumplir con la jornada de trabajo, a hacer lo mismo una y otra vez, cumplir con su destino, llevar la roca a la cima y luego dejarla caer. Pero hay un punto cumbre en la historia de Sísifo, el momento de suspensión de la jornada, cuando la roca va cayendo y él baja, ese breve momento le permite pensar y tomar conciencia de sí, de lo que está haciendo, en ese momento se reconoce infeliz. Algo de aquel mito me recordó la escena final de La Hora de la estrella, el momento cumbre de la tragedia de la norestina, quien durante todo el relato baso su existencia en el aceptar que las cosas son así, que no hay más. Asumirse como insignificante, agachar la cabeza, aceptar que su novio se vaya, que su patrón la despida, aceptar su destino. Pero cuando Madama Carlota, la vidente, le augura y construye un destino distinto, cuando le dice lo que tendrá: los abrigos de piel, el coche, el amor, ella entrevé otra realidad, Macabea se da cuenta de que hay formas de vida distintas a la suya y cuando le predicen un futuro mejor, reconoce que su presente está lleno de miseria. Y al salir, en el momento de suspensión, cuando ella deja de llevar la roca, entonces toma conciencia de su condición, de su miseria y llora, justo antes de morir, toma conciencia de sí, de que su destino podría ser distinto, luego muere atropellada y esa es, quizá, la verdadera tragedia. Ya había anticipado la autora: en la hora de la muerte uno se vuelve una brillante estrella de cine. Pero es ahí, también, justo en el momento de esperar a la muerte, cuando Macabea descubre su sangre emanando de las heridas, cuando se descubre persona, entonces se reconoce parte de una resistente y obstinada raza, “que tal vez un día reivindique su derecho al grito”.

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