Por una Latinoamerica libre

Algunas reflexiones

Sobre la relación del movimiento feminista latinoamericano con el financiamiento

Por: Mariana VIllaverde [1]

 

Pero…- una vez más, en estos puntos suspensivos se condensan las dudas y las vacilaciones – ¿podemos habida cuenta de los anteriores hechos, mandarle nuestra guinea sin imponer rígidas condiciones en lo referente a la manera en que ha de gastarla?

Virgina Woolf. Las Tres Guineas.

“El feminismo fracasó”, dicen muchas. Y -en este sentido- la única salida que tenemos es admitir nuestro fracaso, verlo con perspectiva histórica, y asumir el triunfo de la masculinidad como afirma Margarita Pisano (2001, 58). Virginia Woolf en su lúcido libro de Las Tres Guineas[2], nos cuenta de cómo las mujeres a comienzos del Siglo XX han tenido que pedirle al sistema que les convide un poco de sus sobras. Al ser ellas las que menos sueldo tenían, si es que lo tenían, al ser ellas las encargadas del trabajo reproductivo sin paga, las obedientes esposas, madres, e hijas de los señores con educación, no han podido entrar a la academia inventada por ellos, y mucho menos crear sus propios espacios de reflexión y pensamiento. Entonces han tenido que pedir financiamiento, algunas míseras guineas, a los señores con capital.

Pero Woolf se pregunta, “¿cuánto hay de libertad en esto para las mujeres?” (1999, 129). Seguramente estos señores adinerados pondrán sus restricciones y límites, a estas humildes señoras, que piensan ingenuamente que el sistema puede servir a sus intereses. Pero en verdad, quizás si les sirva, pero no a todas, sólo a algunas. Entonces, ¿no será que la historia del fracaso se repite?

            En América Latina no tardó mucho en pasar esto. Terminaron las guerras, el mundo se dividió en dos bloques, recesiones económicas y crisis política, guerra fría y luego la caída del muro de Berlín, y toda la excusa de que Occidente nos salvará de una vez por todas.[3] Y cuando el movimiento feminista latinoamericano estaba en su momento más crítico y candente, en contextos de salir de dictaduras militares del sur, de terminar tiempos largos y violentos de guerrillas en el istmo centroamericano, de empezar a reconocerse como sujetos políticos a las mujeres, o lo que Julieta Kirkwood llamó como la “continuidad asegurada” del movimiento feminista en esta época (2010, 181), llega la milagrosa AID (Agencia Internacional de Desarrollo), con todos sus secuaces detrás, a querer socorrer a las mujeres del sur. ¿Y las mujeres qué pensamos? ¿Cómo actuamos?

            Una de las primeras que se arriesgó a ponerle palabras a la situación política que el feminismo latinoamericano atravesaba fue Miriam Botassi, quien, desde la radicalidad de su pensar y actuar, nos advertía de la pronta injerencia de Naciones Unidas en el interior del movimiento. Decía, en relación a la autonomía que necesitaban las latinoamericanas:

Este poder podría no estar contextualizado y reafirmado en las instituciones patriarcales. Deberíamos tener una forma de comportamiento y de acción radicales para la construcción de un poder autónomo. Este poder estaría basado en un nuevo tipo de pensamiento que constituiría la posibilidad de estar realmente construyendo una propuesta revolucionaria de ejercicio de poder (…) ¿Cómo vamos a negociar como feministas con un partido y el gobierno si no tenemos una propuesta nuestra, suprapartidaria y previa? (…) De lo contrario, tendremos que cambiar las propuestas y clarificarlas, para definir quién es feminista y quien no lo es. Tener principios y prácticas coherentes con la prédica” (Brujas, 1994, 17).

Acertada crítica, sin duda.

Con relación a la urgencia de radicalidad y el necesario debate que fue surgiendo entre latinoamericanas de distintas regiones, Amalia Fischer se pregunta de cuál autonomía hablamos en el feminismo latinoamericano si no hemos podido idear – no porque no seamos capaces – unas formas de relación con las fundaciones/financieras extranjeras que nos beneficie más a nosotras que a ellas (Brujas, 1994, 8). Entonces, se cuestiona cuál será la ética con que negociaremos y las consecuencias de las negociaciones. Las financiadoras[4] deciden que es prioritario y eso es lo que están dispuestas a financiar, por consiguiente, son ellas quienes marcan el rumbo de nuestros análisis y lucha feminista. Al respecto, Francesa Gargallo afirma que en el financiamiento existe una relación de dependencia entre el que concede el dinero y las que lo reciben. Por lo tanto, una innegable situación de desigualdad, que en vez de producir una liberación en las mujeres, las somete a ciertas pautas a costa de la amenaza de perder su dinero (Debate Feminista, N°12, 1995, 266).

            Lo que en Latinoamericana hemos vivido en la década de los noventa tiene que ver principalmente con esa dependencia económica, pero fundamentalmente ideológica. La funcionalización de los movimientos sociales, la ruptura de la idea de creer que el movimiento feminista era uno solo, que las mujeres no estábamos divididas, como sostiene Margarita Pisano por “cortes/conflictos patriarcales”  (2011, 39), la diferencia de posturas e intereses por quien representa al movimiento, y por ende, la separación en corrientes de pensamiento: institucional y autónoma.

            Gargallo[5] cuenta que si bien siempre han existido diferencias en el feminismo latinoamericano, será en 1993 en Costa de Sol, El Salvador, durante el VI Encuentro Feminista Latinoamericano donde se explicita abiertamente la diversidad de posiciones en el feminismo (2004, 44). Y se cuestiona profundamente a la política de lo posible, proponiendo que se expresaran las posturas políticas en primera persona (Fischer, 2005, 67). En este contexto es que se radicaliza la autonomía como propuesta política y filosófica. Y una de ellas, es buscar nuevos modos de pensar el financiamiento en los trabajos de mujeres y feministas. Pero esto no ha sido una tarea sencilla ni mucho menos amorosa.

            Audre Lorde dice que “no son las diferencias las que nos inmovilizan sino el silencio, y hay multitud de silencios que deben romperse” (2003, 24). Si bien el patriarcado nos afecta a todas, no siempre lo hace de la misma manera y del mismo modo. Las Cómplices, de la corriente autónoma radical, llamaron esto como: los mínimos comunes. Franulic dice, al explicar este concepto, que el mismo implica ir desmenuzando los principios ideológicos que podemos compartir o no; conlleva la propuesta de discutir en profundidad las ideas y el cambio cultural que pretendemos (Franulic y Pisano, 2009, 345). Es así, como se puede adjudicar un sentido de radicalidad al término propuesto.

Margarita Pisano, en un artículo llamado “¿Cómo hacer evaluaciones feministas?” hace un análisis de lo que fueron y son las ONGs feministas. Sostiene que las políticas de Cooperación Internacional están marcadas por actuar en continentes y países con problemas agudos. Estas políticas dejan en una debilidad casi extrema a las ONGs que pertenecen a lugares como Chile, que venden una imagen de país con una economía y democracia aparentemente exitosas: “Mientras este modelo económico “exitoso” depreda el país, somos abandonados por la Cooperación de Desarrollo, en una ciega estrategia ayudista” (1996, 25). Entonces, considera que oponernos a estas estrategias de la Cooperación al Desarrollo pasa por evaluaciones con la capacidad de tener un visión clara, valiente y cuestionadora. Por lo tanto, finaliza con la idea de la necesidad de proyectarnos desde la autonomía e independencia de los partidos, e instituciones patriarcales. Las cuales siempre buscan intervenir los espacios autónomos de mujeres, desde una red de poderes que no está esclarecida, y termina cayendo en la política de lo posible (1996, 28).

            Luego de largos debates, la pensadora radical, se pregunta: “¿qué es lo que pasa que nuestras luchas fracasan constantemente?” (2001, 53). A mi modo de entender, las cosas se pueden ver más que claras, sólo que la realidad -al ser patriarcal- nos muestra solo una parte de la moneda. Es por esto, como dice Victoria Sendón, que “no podemos comprender la realidad, sin develar lo real” (1994, 55). La historia del feminismo de la igualdad, gran parte de la corriente institucional en Latinoamérica, ha manejado grandes mitos. Uno de ellos es la idea de que lograremos una cierta equidad de género, accediendo a los espacios de poder masculinos, a través del voto, las cuotas de género, estar en el ejército, ser presidentas, haciendo ver como un triunfo el acceso a este ubis social público por parte de las mujeres, como lo llamó Celia Amorós (1994).

            En contraposición a la postura de la igualdad, Virginia Woolf nos hace reflexionar sobre la diferencia sexual de las mujeres con respecto a los hombres:

De lo cual parece seguir el indiscutible hecho de que “nosotras”- y este nosotras significa una unidad integrada por cuerpo, mente y espíritu, sometida a la influencia del recuerdo y sus tradiciones- forzosamente seguimos siendo diferentes de “vosotros”, cuyo cuerpo, mente y espíritu han sido diferentemente educados y son diferentemente influenciados por el recuerdo y sus tradiciones (…) En consecuencia, antes de que accedamos a firmar su manifiesto o a ingresar en su sociedad, es aconsejable que descubramos en qué consiste la diferencia, porque, entonces descubriremos, asimismo, en qué debe consistir la ayuda (1999, 33).

Entonces sí el problema principal radica en la educación recibida que históricamente nos ha hecho siempre dependientes y ansiosas por pertenecer a un sistema que por su naturaleza nos excluye (Gaviola, 1994, 220), debemos pensar en otro modelo de civilización, debemos reinventar lo que significa la educación para nosotras.

            Paulo Freire habla en su libro Pedagogía de la autonomía, de generar una educación para liberar y hacer nacer la capacidad pensante de los y las humanas a fin de poder transformar el mundo, haciendo una  audaz crítica a la educación formal “que no ha servido para otra cosa que no sea la dominación” (2004, 13). Freire se refiere a ésta, como generadora de una “voluntad inmovilizadora”, propio de la ideología fatalista posmoderna, en donde te educan para adaptarse a una realidad que no se puede cambiar (2004, 33).

Volviendo a la pregunta principal, la historia del fracaso se repite sí, y sigue estando más vigente que antes. La salida está en poder pensar otros mundos posibles, o re-pensar el que habitamos, siempre intentando salirnos de lógicas dicotómicas patriarcales, sabiendo que la realidad y la historia sí son posibles de cambiar. Nuestra histórica inserción a los espacios de la masculinidad no nos ha hecho avanzar en nuevas posibilidades de buena vida para las mujeres. Desde mi punto de vista, se trata de imaginar de qué modo el financiamiento puede ayudar a hacer crear nuevas lógicas posibles, nuevos mundos y formas de relacionarnos, y por lo tanto, nuevas éticas de vida, sin volvernos dependientes a una forma de vida no creada por nosotras mismas y de cuál somos absolutamente extranjeras. El patriarcado quiere el fin de nuestra historia, para empezar de cero, borrón y cuenta nueva, y así repetir lo no pensado, o en el peor de los casos, buscar de nuevo, quién nos salve de ésta.

Bibliografía consultada

Amorós, Celia, “Espacio público, espacio privado y definiciones ideológicas de ‘lo masculino’ y ‘lo femenino'”, en Amorós, Celia, Feminismo, igualdad y diferencia, México, UNAM, PUEG, 1994, pp. 23-52.

Botassi, Miriam, “Autonomía, representación y participación feminista”, en Brujas, N°13, Buenos Aires, 1994, pp.12-18.

Fischer, Amalia E., “Ética, política y movimiento feminista”“, en Brujas N°13, Buenos Aires, 1994, pp. 4-11.

Fischer, Amalia E., “Los complejos caminos de la autonomía” en Nouvelles Questions Feministes: Feminismos Disidentes en América Latina, NQF, Vol.24, No 2, 2005, pp. 54-74.

Franulic, Andrea y Margarita Pisano, Una historia fuera de la historia. Biografía política de Margarita Pisano, Chile, Editorial Revolucionarias, 2009.

Freire, Paulo, Pedagogía de la autonomía. Saber necesarios para la práctica educativa, Sao Paulo, Editorial Paz y Tierra, 2004.

Gargallo, Francesca, “Financiamiento sí, financiamiento no”, en “El financiamiento: el ruido del dinero”, en Feminismo: movimiento y pensamiento. Debate Feminista, México Año 6, Vol. 12, octubre de 1995, pp. 274-275.

Gargallo, Francesca, Ideas feministas latinoamericanas, México, Universidad de la

Ciudad de México, 2004.

Gaviola, Edda, et al., Una historia necesaria. Mujeres en Chile: 1973-1990, Santiago, Impresión Akí & Ahora Ltda., 1era Ed., 1994.

Kirkwood, Julieta, Ser Política en Chile. Las feministas y los partidos, Santiago, LOM

Ediciones, 2010.

Lorde, Audre, La hermana, la extranjera, Madrid, Editorial Horas y Horas, Colección

Cosecha de Nuestras Madres, 2003.

Pisano, Margarita, Un cierto desparpajo, Santiago, Ediciones Número Crítico, 1era. Ed., 1996.

Pisano, Margarita, Triunfo de la masculinidad, Santiago, Surada Ediciones, 1era Ed., 2001.

Sendón, Victoria, et al., Feminismo holístico. De la realidad a lo real, Cuadernos de Agora, Barcelona, 1era. Ed., 1994.

Woolf, Virginia, Tres Guineas, Barcelona, Editorial Lumen, 1era. Ed., 1999.

Notas

[1]El tema del financiamiento en la historia de las mujeres es un tema bastante extenso y complejo. Por ello, aquí sólo me detendrá hacer un breve análisis y recuperación histórica de lo que significó el financiamiento para una parte del feminismo a finales de los años ochenta y comienzo de los noventa.

[2] Las críticas dicen que es el libro más feminista que ha escrito Virginia Woolf. Lo escribe entre la Primera y Segunda Guerra Mundial y en una preocupación permanente por la educación de las mujeres en ese contexto.

[3]En los noventa, posterior a la caída del Muro de Berlín, se intensifica el proceso de Mundialización (también llamado Globalización) (Gargallo, 2004, 148), donde las financiadoras estadounidenses se insertan en Latinoamérica afianzándose el neo-liberalismo.

[4]Al hablar de financiadoras hago referencia a todas las instituciones que participaron en el proceso institucionalización del Movimiento, o como dice Andrea Franulic, los espacios de poder masculinos: Naciones Unidas, Banco Mundial, ONG, Estado, Universidades, Redes, que se abren con la democracia, consolidándose un sistema simbólico y de dominio, donde en vez de empoderarse ellas, empoderarán al patriarcado (Franulic y Pisano, 2009, 100).

[5]Francesa Gargallo, junto a Ximena Bedregal, Amalia Fischer, Margarita Pisano y Edda Gabiola forman el grupo Cómplices, grupo feminista autónomo, crítico a la institucionalización, financiamiento, negociación con gobiernos, representaciones y liderazgos no consensuados por el movimiento en su conjunto.

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