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Espacio abstracto: espacio de capital

Por Cristobal Pérez Magaña

La realidad social es producto de la praxis. Si la práctica es “…la acción consiente [e inconsciente] y sensible de los seres humanos mediante la cual producen su existencia material y las relaciones sociales dentro de las cuales viven, transformando de este modo la naturaleza, la sociedad y ellos mismos” (Larraín 58). El espacio, lugar por el que y en el que las relaciones sociales se mantienen y desarrollan pero que al mismo tiempo es relación social, es producido, reproducido y transformado, por lo tanto, por la práctica social; objeto y obra de la práctica social en la forma en la que el lenguaje lo es, objeto que no es como los otros objetos puesto que “[…] envuelve a las cosas producidas y comprende sus relaciones en su coexistencia y simultaneidad: en su orden y/o desorden relativos. […] el espacio social permite que tengan lugar determinadas acciones, sugiere unas y prohíbe otras” (Lefebvre, La producción del espacio 129); espacio que es objeto pero ante todo “[…]una realidad social, es decir, un conjunto de relaciones y de formas” (Lefebvre, La producción del espacio 170).

Al afirmar que las relaciones sociales se mantienen y desarrollan en y por el espacio, estamos afirmando que los sujetos se desarrollan como espacio, que el espacio es extensión producida del cuerpo y que el sujeto se refleja en las modificaciones que produce en su medio, que producir el espacio es una acción o práctica constitutiva de los seres humanos –practica espacial–, es parte fundamental de la realización del ser social. Al ser un producto social, el espacio es inherentemente político, es política, porque, como la naturaleza, está “inserto en estrategias [políticas] conscientes o inconscientes” (Lefebvre, Espacio y política 52), porque al forjar su espacio, cada sociedad forja el modo de apropiárselo y administrarlo –espacio apropiado– (Lefebvre, La producción del espacio 90), porque cada sociedad produce un tiempo social que opera en y a través del espacio.

De esta forma, cada sociedad produce su espacio, espacio que está continuamente en proceso de construcción y deconstrucción; dicha proceso determina y está determinado por el mundo de relaciones sociales, a las que se está sujeto, al mismo tiempo que genera relaciones espaciales. La particularidad de las relaciones sociales produce la particularidad del espacio, al mismo tiempo que le dan contenido a este. En la sociedad capitalista, las relaciones de poder y dominio configuran y dan contenido al espacio, transformándolo y produciéndolo como espacio abstracto, dichas relaciones producen y son producidas por la acumulación de capital. Con la acumulación de capital se desarrolla el modo de producción capitalista (Marx 777) y su orden espacial, el cual ordena y prohíbe, proscribe y prescribe el movimiento social de los cuerpos (Lefebvre, La producción del espacio 194).

  1. El proceso de acumulación de capital

Para la economía de mercado, el crecimiento económico es el aumento continuo de la producción y el ingreso en el tiempo y el espacio. Para medir este incremento se han creado diversos indicadores, el más aceptado es el Producto Interno Bruto (PIB). El acrecentamiento del PIB se nos manifiesta como deseable ya que, siguiendo la lógica de la economía burguesa, permite la creciente disponibilidad de bienes materiales en el mercado así como el acrecentamiento del ingreso para comprar dichos bienes materiales, y posibilita, por ende, mejorar el nivel de vida y el bienestar de las personas; de esta manera, no existe otra forma de erradicar la pobreza y asegurar el bienestar sino es mediante el desarrollo económico. Sin embargo, el crecimiento y desarrollo del PIB es la manera fenoménica del proceso de valorización y de la acumulación de capital.

Para Marx la reproducción es el proceso continuo de renovar la producción y el consumo en cualquier forma social. Producir y consumir son partes interdependientes que forman una unidad denominada proceso de producción, y para que este proceso de producción sea continuo, y por lo tanto reproduzca la forma social y su riqueza –por ejemplo, en la misma escala–, es imprescindible que una parte del producto se reconvierta en elementos de la nueva producción (Marx 695). En el proceso de producción capitalista, la reproducción toma dos formas, la reproducción simple y la reproducción ampliada.

La reproducción simple es “la reiteración del proceso de producción [capitalista] en la misma escala” (Marx 696), es decir, en la que el plusvalor expropiado no se invierte en el proceso de producción y es consumido por el capitalista. De este modo, el proceso de reproducción simple implica, por un lado, una economía estacionaria, es decir, una economía que no crece ni se desarrolla y mantiene la riqueza [del capitalista] en la misma escala, y por otro lado, “[…] que produce y reproduce la relación capitalista misma: por un lado el capitalista, por la otra el asalariado” (Marx 712). En contraste, la reproducción ampliada es “el empleo de plusvalor como capital, o la reconversión de plusvalor en capital” (Marx 713).

La reproducción ampliada es la capitalización continua y constante del plusvalor, que resulta en un acrecentamiento del valor –valorización del valor–, de la producción y, consecuentemente, de la riqueza como capital en manos del poseedor de los medios de producción. “Examinándola concretamente, pues, la acumulación es el proceso de reproducción capitalista en escala ampliada…[en la que] el capitalista cambia sin cesar una parte del trabajo ajeno ya objetivado, del que se apropia constantemente sin equivalente, por una cantidad cada vez mayor de trabajo vivo ajeno” (Marx 721).

“Así como la reproducción simple reproduce continuamente la relación capitalista misma, –capitalistas por un lado, asalariados por el otra–, la reproducción en escala ampliada, o sea la acumulación, reproduce la relación capitalista en escala ampliada: más capitalistas o capitalistas más grandes en este polo, más asalariados en aquel– […] Acumulación de capital es, por tanto, aumento del proletariado [así como profundización de la relación de dependencia que tiene el trabajador con el capitalista]” (Marx 761). La expansión de la relación capitalista, que podemos decir también que es la extensión y profundización de la esfera de explotación y dominación del capital, es, por lo tanto, “[…] acumulación de miseria proporcionada a la acumulación de capital. La acumulación de riqueza es en un polo al propio tiempo, acumulación de miseria, tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto, esto es, donde se halla la clase que produce su propio producto como capital” (Marx 805).

Para llegar a este resultado, Marx tuvo que elaborar y concatenar una serie de conceptos que dieran cuenta de los diversos procesos simultáneos y articulados dialécticamente que hacen parte del proceso de acumulación capitalista. Para continuar expoliando, de manera cada vez más acelerada, plusvalor, y ante todo plusvalor relativo, y enriquecerse, el capitalista debe hacer crecer constantemente la productividad del trabajo, podemos indicar que la productividad del trabajo es la transformación de más medios de producción por un obrero, en el mismo tiempo, en productos. Al desarrollarse la productividad del trabajo se trastoca la Composición Orgánica de Capital, que es la relación existente entre los medios de producción y la masa de la fuerza trabajadora, disminuyendo el factor subjetivo respecto al factor objetivo. Al incrementar su productividad y trastocar la composición orgánica de capital, el capital, por un lado, crece y absorbe otros capitales ya que es más competitivo dando lugar a la concentración y centralización de capital, y, por otro lado, produce constantemente un Ejercito Industrial de Reserva o una población obrera relativamente excedentaria, es decir, en exceso para las necesidades medias de valorización del capital, que se termina traduciéndose en la producción de miseria por el capital.

[…] el número de obreros decrece en proporción a la masa de los medios de producción con los que trabajan. Al aumentar el volumen, concentración y eficacia técnica de los medios de producción, se reduce progresivamente el grado en que estos son medios de ocupación para los obreros (Marx 781).

  1. Desarrollo espacial de la acumulación de capital: el espacio abstracto

La acumulación de capital, como analizó Marx, no es otra cosa que la expansión de las relaciones sociales de producción capitalistas, relaciones de producción que, como afirma Lefebvre, no son más que abstracciones mentales sino se materializan mediante la dimensión espacial, devienen realidad social soló en y a través del espacio; las relaciones sociales se inscriben en el espacio y en ese curso lo producen, se producen y reproducen (La producción del espacio 182 y 434).

Las relaciones sociales de producción –que toman, en parte, cuerpo y se codifican en el Estado capitalista y sus instituciones–, junto con las fuerzas productivas, consecuentemente, producen y reproducen el espacio del mundo de la mercancía al mismo tiempo que se reproducen en y a través del mismo. La práctica capitalista no podría producir otra cosa que un espacio adecuado a la explotación y realización de plusvalor de tal modo que se pueda consumir de forma productiva e improductiva la fuerza de trabajo –como productora, como consumidora–, por tanto, queda repartida en el espacio de acuerdo con las exigencias de la acumulación; el espacio queda totalmente inscrito en el modo de producción capitalista (Lefebvre, La producción del espacio): el espacio abstracto, el espacio instrumental, funcional, urbano, es el espacio del capitalismo, espacio que es, a la vez, mercancía, mercado, fuerza productiva, medio de producción y medio de dominación, instrumento de poder y espacio represivo y prohibitivo, espacio vital y mortal –espacio vivido­– para los individuos pues “se despliegan sobre él, se expresan y encuentran en el las prohibiciones; después mueren, y ese mismo espacio contiene su tumba” (Lefebvre, La producción del espacio 93).

            Sin embargo, este espacio abstracto, de la misma manera que el valor y el valor de cambio se presentan como características naturales de las mercancías, se nos revela como un orden espacial producto de leyes naturales que escapa al control de los sujetos y que termina controlando a los mismos: “El espacio ordena en la medida que implica un orden (y en ese sentido, también cierto desorden. […] El espacio ordena los cuerpos, prescribe y proscribe los gestos, los trayectos y los recorridos. Está producido con ese propósito; no otra es su finalidad ni otro su sentido” (Lefebvre La producción del espacio, 194). Este espacio abstracto, cuyo centinela es el Estado, es abstracto en tanto es lugar y fuente de las abstracciones, en tanto lleva escrito los rasgos de las mercancías (Lefebvre, La producción del espacio 382 y 384), está fragmentado, es homogéneo y creado jerárquicamente.

Del mismo modo que la racionalidad capitalista divide el proceso de trabajo en múltiples momentos, fragmentado el cuerpo simultáneamente, o su “ciencia” recorta, sin posibilidad de unificación, la realidad para estudiarla, asimismo fragmenta el espacio para que cada trabajo especializado, intelectual o manual, ocupe su lugar; el espacio queda dividido en partes según la división social del trabajo, estableciendo barreras mentales y práctico-sociales (Lefebvre, La producción del espacio 145). Igualmente, el espacio se produce y parcela para su compra-venta, la comercialización es fragmentación del espacio, se debe vender en partes para su apropiación privada –de la apropiación privada del espacio se revela parte del poder que ostentan las clases dominantes sobre el espacio– (Lefebvre, Espacio y política 42), convirtiendo el espacio en una mercancía más –consumo de espacio–. Así, el espacio no sólo es el medio en el que y a través del cual el valor y el valor de cambio se despliega sino que al mismo tiempo adquiere valor y valor de cambio.

Con la industria, se produjo la generalización del intercambio y del comercio; las costumbres y el valor de costumbres han desaparecido casi por completo, […]. Con dicha generalización del intercambio, el suelo se ha convertido en mercadería. El espacio imprescindible para la vida cotidiana, se vende y se compra. (Lefebvre, Espacio y política 67).

Al ser incorporado al proceso de intercambio, el espacio no sólo queda fragmentado sino que se procura que sea homogéneo[1], homogéneo en tanto que obedece a una lógica de la repetición y la reproductibilidad, la de la producción de mercancías; en este sentido, los fragmentos del espacio existen para ser comprados y vendidos, para repetir, una y otra vez el proceso de compra-venta y la acumulación de capital. Para ser comprados y vendidos, las partes del espacio deben ser equiparadas (Lefebvre, Espacio y política 133) a través de su valor de cambio representado por el dinero, el cual no es otra cosa que una expresión de valor. La aparente homogeneidad e igualdad del espacio brota precisamente en tanto que es producto del trabajo abstractamente humano. En este proceso de hacer intercambiables los pedazos del espacio, se hace abstracción de sus determinaciones o cualidades físicas, se “[…] hace desaparecer todas las huellas de su valor de uso natural y del trabajo útil particular al que deben su origen […]” (Marx 133), lo que los reduce a la cualidad de ser meras gelatinas uniformes de trabajo indiferenciado producidas para la venta, de tener valor de cambio para el intercambio, esta reducción hace parte de la homogenización del espacio.

En efecto, como se ha visto ya, este espacio se basa en lo repetitivo: lo cambiable, lo intercambiable, lo reproducible, lo homogéneo. Reduce las diferencias a diferencias inducidas, tolerables en el seno de un conjunto de <<sistemas>> previstos como tales, prefabricados como tales y completamente redundantes como tales. Ningún medio se descarta para para alcanzar ese fin reductor: la corrupción, el terrorismo, la coacción y la violencia (Lefebvre, La producción del espacio 427).

La homogeneidad del espacio en el capitalismo no sólo está dada porque el espacio se haya comercializado sino también porque el Estado mantiene la unidad del espacio fragmentado por la fuerza, por el poder; el control severo, mediante la violencia, sobre el espacio tiende a la homogenización del mismo, otorgándole un sentido, un significado que señala lo que no se debe hacer, lo prohibido, lo serio y obsceno, lo hace portador de normas y obligaciones, de coacciones, estipulaciones y prescripciones. El poder y la política, la violencia del Estado no devienen concreciones si no es mediante el espacio, es a través y en el espacio que el Estado ejerce y conserva el poder (Lefebvre, La producción del espacio 318), permite el control de la sociedad, destruye y homogeniza: el Estado es engendrado por la violencia y mediante la violencia conserva y ejerce el poder, aspira a controlar todo el espacio. Sin embargo, la homogeneidad espacial no es totalmente verdadera: “El espacio abstracto no es homogéneo. Simplemente tiene la homogeneidad como meta, como objetivo y orientación. La impone, pero en sí mismo es un espacio plural” (Lefebvre, La producción del espacio 323).

La producción y sujeción del espacio por el poder político, la violencia política tiene, por mucho, un objetivo económico: la acumulación de capital. Mediante la violencia y el engaño, el Estado, pretende sujetar y homogeneizar el espacio, moldeando los espacios dominados (Lefebvre, La producción del espacio 108 y 332), suprimiendo todo aquello que se revela como diferente y que resiste o se le opone, elimina todo obstáculo para el despliegue de las relaciones de producción: “…sofoca todo cuanto tiende a nacer y salir de él. […] Espacio mortal, liquida las contradicciones históricas que le permitieron brotar y sus propias diferencias (internas), y cualquiera diferencias eventuales con el fin de imponer la homogeneidad abstracta” (Lefebvre, La producción del espacio 402).

De este modo, la práctica espacial, de la misma manera que la práctica social, queda sujeta y homogenizada por la “práctica política”, por el poder del Estado que utiliza el saber, la ciencia, vinculando el conocimiento y el poder. Que la práctica socio-espacial quede sujetada por el poder estatal quiere decir que es el Estado quien planifica esta misma práctica:

El Estado se consolida a escala mundial. Recae plenamente sobre la sociedad (sobre todas las sociedades): la planifica, la organiza <<racionalmente>> con la contribución de conocimientos y técnicas, imponiendo medidas análogas si no homogéneas, cualesquiera que sean las ideologías políticas, el pasado histórico o el origen social de los individuos en el poder (Lefebvre, La producción del espacio 83)

El Estado es, por consiguiente, quien interviene, ayudándose de las fuerzas productivas y técnicas, de forma universal el espacio (local, regional, nacional y mundial) y en todas las esferas de la vida, y en el espacio despliega su política (estrategia) que sirve, antes que nada, a los intereses e intenciones del capital en sus diversos objetivos: de represión, de suministro de fuerza de trabajo, de centralidad, de clasificación y distribución de las clases sociales, etc.; el Estado, entonces, está orientado a administrar los intereses de clases en el espacio erigiéndose por encima de todo:

Ese Estado, nacido de la hegemonía de una clase, posee, entre otras funciones, y cada vez de forma más patente, el cometido de organizar el espacio, regularizar sus flujos y controlar sus redes. A estos propósitos, consagra buena parte de la plusvalía social, el excedente destinado a la gestión de la sociedad (Lefebvre, La producción del espacio 414).

Consecuentemente, el espacio, en su conjunto, pasa a ser estratégico. “Por estrategia entendemos que todos los recursos de un determinado espacio dominado políticamente sirven de medios para apuntar y alcanzar objetivos a escala planetaria e, incluso, más allá de esta” (Lefebvre, Espacio y política 139).

Al mismo tiempo que el Estado articula, homogeniza y produce el espacio desde un poder central y concentrado, lo fragmenta, lo atomiza a través de sus políticas públicas “…manteniéndolo en un estado de <<unidad disociada>>, de fragmentación y homogeneidad según la máxima de divide y vencerás” (Lefebvre, La producción del espacio 419); parte de esta política fragmentaria, que separa y confunde, es la segregación. Segregar es estrategia de las clases gobernantes, del Estado, estrategia que se imprime y de despliega en el espacio. El espacio homogéneo y fragmentado es espacio de la segregación, cada quién tiene su lugar en el orden espacial capitalista, de allí que los pobres, los ricos, los intelectuales, los homosexuales, los burócratas, los artistas, etc., tengan su propio espacio, su propia esfera de influencia y de intervención.

Al mismo tiempo, esta sociedad practica la segregación. Esta misma racionalidad […] proyecta sobre el terreno la separación. Tiende (como en Estados Unidos) a componerse de guettos o de parkings, el de los obreros, el de los intelectuales, el de los estudiantes (el campus), el o los de los extranjeros, sin olvidar el guetto de los ocios o de la <<creatividad >> […] (Lefebvre, El derecho a la ciudad 120).

De este modo, Lefebvre afirma: “Podrá la vida urbana recobrar e intensificar las casi desaparecidas capacidades de integración y participación de la ciudad, que no son estimulables ni por vía autoritaria, ni por prescripción administrativa, ni por intervención de especialistas. Así se formula el problema teóricamente capital. El sentido político de la segregación como estrategia de clases está pues claro […] (El derecho a la ciudad 122). Lefebvre prosigue: “Si la clase obrera calla, si no actúa, bien espontáneamente, bien por mediación de sus representantes y mandatarios institucionales, la segregación continuará con resultados en círculo vicioso (la segregación tiende a impedir la protesta, la oposición, la acción, dispersando a los que podrían protestar, oponerse, actuar) (El derecho a la ciudad 145). De aquí que Lefebvre, nos llame a exigir el derecho a la ciudad, el derecho a producir un espacio unido, no fragmentado no segregado, no abstracto.

La (re)apropiación […] supone la asunción de la ciudad como obra, como valor de uso, como goce, como disfrute, como belleza y como creación colectiva de los ciudadanos, por tanto, sobre la que ellos deciden y en la que ellos intervienen. Esta reapropiación supone una repolitización del espacio, una reactualización de la condición política del espacio urbano y de la figura del ciudadano (Lefebvre, La producción del espacio 24).

            La subversión del espacio, es decir, la producción de un espacio no fragmentado y no homogéneo, es espacio posible porque está contenido en el espacio abstracto, el espacio abstracto produce su muerte pero, al mismo, esboza un espacio diferencial:

De tal modo que el espacio abstracto, a pesar de su negatividad (o más bien precisamente en razón de esa negatividad) engendra un nuevo espacio que portara el nombre de <<espacio diferencial>>. La razón por la cual podemos llamarlo así estriba en que el espacio abstracto tiende hacia la homogeneidad, reduce las diferencias o particularidades existentes mientras que el nuevo espacio no puede surgir (o producirse) sino acentuando las diferencias (Lefebvre, La producción del espacio 110).

Conclusiones

La acumulación de capital es la reproducción en escala ampliada de las relaciones de producción capitalistas, sin embargo, estas relaciones de producción sólo pueden materializarse en y por el espacio, al mismo tiempo que lo producen. El proceso de acumulación no sólo se proyecta en el terreno sino que solo mediante la producción de un terreno adecuado pueden desarrollarse. La acumulación de capital, por tanto, produce su propio espacio: el espacio abstracto. Espacio abstracto apropiado a las relaciones de explotación (valorización del valor) y de dominio (Estado), que es homogéneo, fragmentado y jerárquico y que funciona, a la vez, como mercancía, mercado, fuerza productiva, medio de producción y medio de dominación, instrumento de poder y espacio represivo y prohibitivo, espacio vital y mortal para las personas pues se desarrollan sobre él y en él mueren; espacio que escapa al control de sus productores y se vuelca en su contra, controlando el movimiento de sus cuerpos.

            La contradicción del espacio abstracto es que de él surge un espacio diferencial, engendra un nuevo orden espacial que no homogeniza, asesinando la diferencia, sino que, de manera opuesta así mismo, insiste en la heterogeneidad, destaca la diferencia, no es posible su producción sino lo atraviesan las diferencias; de allí que para Lefebvre la revolución deba ser total, deba realizarse en todas las esferas de la realidad incluyendo la espacial, de allí que nos invite a transformar el modo de producción vigente transformando el orden espacial existente.

Bibliografía

Lefebvre, Henri. Espacio y política: El derecho a la ciudad, II. Trad. Janine Muls y Jaime Liarás. Barcelona: Península, 1976.

—. El derecho a la ciudad. Trad. J. González-Pueyo. 4a ed. Barcelona: Península, 1978.

—. La producción del espacio. Trad. Emilio Martínez Gutiérrez. Madrid: Capitán Swing,

Marx, Karl. El capital: Crítica de la economía política. Trad. Pedro Scaron y León Mames. Tomo I. México: siglo xxi editores, 1981.

[1] Una de las contradicciones del espacio abstracto es que es simultáneamente fragmentado y homogéneo, atomizado y totalizado.

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