Por una Latinoamerica libre

Épica de las insumisas ¡Pachuca yo!

Selene Aldana Santana[1]

Dedicado a todxs mis estudiantes con espíritu pachuco.

 

En México poco se sabe sobre el fenómeno histórico del pachuquismo femenino; sin embargo, se trata de una experiencia de la que actuales movimientos contraculturales y feministas pueden aprender por haber enlazado el rechazo a las convenciones sociales de la feminidad correcta con la celebración de la diferencia cultural chicana.

 

Hace unas semanas se cumplieron 73 años de un momento doloroso y fundamental en la historia chicana al que se ha dado en llamar “los motines del Zoot Suit en Los Ángeles”, en que decenas de pachucos fueron violentamente agredidos en las calles. Éste fue el episodio en el que se hizo más notable la presencia de estos adolescentes de ascendencia mexicana y apariencia extravagante, así como de la hostilidad en su contra. Desde entonces, el pachuco ha quedado erigido como un ícono central para los posteriores movimientos contraculturales chicanos y fronterizos, y sin embargo, es poco lo que en México se sabe sobre el fenómeno histórico del pachuquismo. Y de entre la rica gama de temas vinculados con éste, como suele suceder, los temas de género se hallan aún más invisibilizados. Así, todxs conocemos al buen Tin Tan, el principal referente que tenemos lxs mexicanxs del pachuco de la época de la Segunda Guerra Mundial; pero ¿y las pachucas?, ¿existían?, ¿o es que las chavas de la época se quedaban encerradas en casa bien portadas mientras los hombres de su edad salían a divertirse? Las pachucas existieron. Y si de ellas sabemos aún menos que de su contraparte masculina es porque les tocó ser marginales dentro de lo marginal. Para compensar un poco las cosas, presento a continuación una breve épica de la pachuca, la heroína de nuestra historia.

Asomémonos un momento al mundo de Amelia Venegas, el nombre de nuestra típica-ideal pachuca. Un mundo ubicado en 1943, en la ciudad de Los Ángeles, en EU, donde Amelia nació hace 16 años, uno después de que sus papás llegaran de Chihuahua. EU se halla envuelto en la 2ª Guerra Mundial, una guerra que se pelea en tierras muy lejanas; y sin embargo, la ciudad de Los Ángeles se ve profundamente marcada por ella al entrar a un vertiginoso periodo de desarrollo industrial movido por la producción bélica y que trae consigo importantes oleadas inmigratorias provenientes de zonas rurales de EU protagonizadas por distintas minorías étnicas, ninguna tan numerosa como la mexicana. La vida de Amelia también ha cambiado por circunstancias relacionadas con la guerra. Aumento de la producción bélica y descenso de una parte de la mano de obra que se ha convertido en fuerza militar dan como resultado que miembros de minorías, entre ellas, las mujeres mexicanas, puedan acceder a trabajos que antes no. Tal es el caso de Amelia, que hace unos meses entró a trabajar como remachadora en una fábrica de material bélico. Es un trabajo mecánico y poco estimulante, con todas las características del trabajo alienado que conocemos de la pluma de Karl Marx; pero tiene algo positivo; sólo una cosa, pero que es maravillosa: ¡gana dinero!

Lo maravilloso no es el dinero, sino lo que Amelia hace con él. Ha comprado decenas de discos de swing, boogie, jitterbug, danzón, rumba y mambo; ha comprado maquillaje, accesorios para hacerse peinados altos, ¡y lo mejor!, ¡lo más importante!, ¡ha comprado garras!, ha comprado un tacuche de aquéllos. Así de plano, se lanzó a una tienda de trajes para hombre y compró un saco de pachuco, un saco largo de amplias solapas y grandes hombreras, de esos que en el Gabacho llaman zoot suit. También compró los pantalones que le acompañan, pantalones de pliegues en la cintura muy anchos y ajustados en los tobillos. Tiene razón su mamá cuando le dice que el saco le ha costado una fortuna, pero es que ¡luce tan bien!, y además lo vale, porque no sólo va bien con su pantalón, también lo hace con minifalda, así que se ha comprado un par, tan mini tan mini, que llegan hasta arriba de las rodillas.

Ella ama tanto su tacuche que quisiera ponérselo diario, pero no tendría caso ponerse un traje tan elegante en el polvoso barrio en que vive, Chavez Ravine, el barrio chicano más grande de Los Ángeles, un barrio que, como el resto de los chicanos, se halla a las afueras de la ciudad, demasiado a las afueras como para gozar de servicios públicos como recolección de basura, alcantarillado, agua corriente o pavimentado. No, el tacuche está reservado para las noches especiales en que sale a bailar con toda la pachucada al centro de la ciudad. Ahí es cuando se luce como diamante con su traje, se embellece con maquillaje pesado y se corona con un peinado bien alto. Antes de cada dulce noche de baile, Amelia tiene que sorber un trago amargo: pelear con sus papás, que tratan de prohibirle que salga. Con ellos todo es problema. Se quejan de que salga de noche, de que vayan amigos hombres, de que use minifalda, de su tacuche para hombre, de que todos sus amigos sean pachucos y pachecos. Nada les gusta. Pero no les queda de otra más que dejarla ir porque ya saben que si no, de todos modos ella encuentra la manera de escaparse. No permite que nada le impida llegar al maravilloso mundo nocturno del centro de la ciudad, repleta de luces, restaurantes, cafeterías, cines y salones de baile. Muchos de ellos cuelgan de sus entradas molestos letreros que dicen “Sólo para blancos” o, ya de plano, “Mexicanos y perros no permitidos”. En el centro de la ciudad, Amelia puede llegar a sentir las miradas de los güeritos que la ven como para abajo; ella les sostiene una mirada retadora y los güerinches casi siempre terminan por bajar la suya primero. Como sea, no quiere problemas. No quiere que se repita lo de hace un par de meses cuando afuera de una escuela, ella y sus amigas se trenzaron en una pelea con unas gringas que les gritaron “Sucias mexicanas”. Así que no permite que ni los letreros racistas ni los gringos le arruinen la noche, esas noches en que baila durante horas, moviendo su cuerpo saltarín como grácil gacela, sintiendo las manos de un hombre en su talle y luciendo espectacular en su tauche.

Los días que no hay baile, tampoco hay tacuche, pero de todos modos se divierte. Regresando del trabajo y después de cenar en casa, Amelia sale con sus amigos. Se reúnen en una esquina a un par de calles de su casa, sólo a pasar el rato, a fumar lo que se pueda. Ella también fuma. Fuma y ríe. Los papás de Amelia también se quejan de eso. Que andar en la calle es de vagos, ¡pero si es en el único lugar donde no hay un letrero que prohíba el acceso a los mexicanos! Como sus papás trabajan doble turno en sus fábricas, no la pueden vigilar todo el tiempo. Así que en los últimos meses ha salido con la pandilla más que nunca. Hasta se ha conseguido un novio: el Benny, un pachucote de aquéllas que baila mejor que nadie. Su mamá le dice que aún es muy joven para echarse novio porque se va a arruinar la vida con una escuincla, pero no hay tos, Amelia toma anticonceptivos.

En los últimos meses, sus papás se han puesto más espesos que nunca porque van dos veces que la policía, así de la nada, se la levanta. Que por andar en la calle de noche. Si nomás platicaba con sus amigas. Pero ella sabe bien que las levantan por no ser blancas, por robarles de su aire, por ocupar espacio en su ciudad, que es muy suya, y que creen que les han invadido. Ninguna de las dos ocasiones le han podido levantar cargos de nada, ¡porque no hacía nada!, pero sí han hecho que sus papás vayan por ella, así que ahora ellos creen que su propia hija es una drogadicta, criminal y libertina, tal como los periódicos les han contado que son todas las pachucas.

En este morboso e intrusivo asomo a la vida de Amelia, pudimos encontrar en su actitud un rechazo a las convenciones sociales de la feminidad correcta y respetable tanto de la cultura patriarcal mexicana como del mainstream estadounidense. Ambas exigían de las mujeres respetables, una actitud general de sumisión, inocencia, y por supuesto, virginidad, muy distante de la que muestra Amelia, quien se niega a quedarse quieta en casa y, en cambio, forma parte de una contracultura informal y callejera tejida horizontalmente entre pares sin figuras de autoridad oficializadas. En la actitud de pachucas como ella se puede reconocer también un rechazo a la asociación de la feminidad con la domesticidad. Amelia y sus amigas aprovecharon las oportunidades del contexto de guerra para extraerse de la vigilancia paterna y tomar las calles de sus barrios. Como creativa reacción frente a la marginación de sus sitios de vivienda, las restricciones de acceso a lugares públicos y el abandono institucional en que vivían, formaron bandas de barrio basadas en la solidaridad grupal, redes informales de apoyo que constituían recursos valiosos para la sobrevivencia. Pero las pachucas, de la mano de sus amigos y novios, no sólo tomaron las calles de sus periféricos barrios; tomaron las calles centrales de la ciudad y al hacerlo desafiaban las políticas segregacionistas estadounidenses.

Imaginemos la escandalosa escena: las víctimas de la segregación se pavonean el sábado en la noche en el centro de la ciudad en costosos y vistosos trajes para ir a bailar con soltura de profesionales; todo en un momento de guerra en el que el Tío Sam pide que todos cooperen con el esfuerzo bélico desde sus propias trincheras, mínimamente con la austeridad cotidiana. Si una proporción importante de la generación precedente asumió como estrategia de sobrevivencia un esfuerzo por pasar inadvertidos y mantener un “bajo perfil”, las pachucas rechazaron los ideales normativos femeninos de la vulnerabilidad y fragilidad, y en cambio, eran seguras de sí mismas, estridentes y autónomas, capaces de tomar decisiones al margen de la opinión de su papás y de los estándares normativos y decidieron hacerse notorias con sus formas de vestir, hablar y bailar; gritar que existían y que eran distintas de la estadounidense promedio. El pachuquismo femenino es, en esencia, un espíritu de autonomía: autonomía económica, autonomía para relacionarse con los amigos de la elección de cada una, para andar en la calle de día y de noche sin acompañamiento masculino, para construir la apariencia a voluntad, para decidir libremente sobre el consumo de drogas y sobre el ejercicio de la vida sexual.

A través de estas subversiones, la contracultura pachuca generó una identidad distintiva y politizada que celebraba la diferencia cultural chicana y que, con ello, confrontaba el discurso político oficial estadounidense de la Segunda Guerra Mundial, sintetizado en el lema oficial “All American”, esto es, “Todos americanos”, que prescribe un proyecto de nación basado en la unidad y homogeneidad cultural, de modo que todos aquellos que formen parte de la nación compartan un mismo sistema de disposiciones prácticas y morales, un mismo ethos social consensuado, el ethos americano, cuyo contenido, de acuerdo con Samuel Huntington, es de corte liberal, democrático, igualitario, individualista y anti-autoritario. Se plantea que el ethos americano resulta de un ejercicio intercultural que ha sido representado usando la metáfora del crisol de razas o crisol étnico (el melting pot), esto es, un caldero en el que todos los elementos de la diversidad cultural se fusionan o funden hasta que resulta una síntesis, una única y uniforme “nueva raza”. Ese ejercicio de síntesis cultural se hace sin ninguna forma de privilegio por cualidades de nacimiento o herencia, sino enteramente basado en un sistema meritocrático que evalúa los logros individuales en una equitativa y abierta competencia que todos reconocen como válida y justa, por lo que la “nueva raza” con su ethos resultante sólo integra los mejores y más valiosos elementos culturales y lo anglo siempre termina por predominar en la mezcla. Ideas como estas ya son rastreables en el pensamiento de personajes como Benjamin Franklin o Thomas Jefferson. (García, 2007: 104-107).

Como lo han señalado historiadores críticos, en la supuesta mezcla uniforme resultante del caldero hay al menos tres grandes exclusiones: la de los afroamericanos, la de los amerindios y la de los mexicanos. El discurso del crisol étnico tiene un carácter anglocéntrico que prescribe la asimilación para los grupos minoritarios e implica no tanto que cada uno de ellos haga su contribución cultural, sino más bien que acepte la superioridad de la cultura anglosajona y, como consecuencia, abandone inmediata y definitivamente la suya propia para amoldarse al estándar anglo y abrazar el “credo americano”.

En contra de estas exigencias, el estilo zoot adoptado por las pachucas no pretendía ocultar los rasgos mexicanos de las mujeres o que éstas parecieran más americanas. Entre la amplia gama de productos de belleza que figuraría en el carrito de una pachuca, definitivamente no encontraríamos ni cremas blanqueadoras ni tintes rubios para el cabello porque no estaban buscando un blanqueamiento social. Los estándares estadounidenses prescribían que las mujeres usaran maquillaje para que no perdieran su feminidad aun cuando tuvieran que desempeñar “trabajos de hombre”, a causa de la carestía de varones ocasionada por la guerra. Pero se dictaba que el peinado y el maquillaje fueran discretos, nada más lejano de esos altos peinados y labios bien rojos con los que algunos han afirmado que las pachucas parodiaban a las estrellas de Hollywood (Escobedo, 2013).

 

El uso del zoot-suit, el tacuche, era un testimonio de que estxs adolescentes y jóvenes no se asumían como americanxs o gringxs, pero tampoco como mexicanxs sin más, y por tanto, no podían ser mexicanx-americanxs. Se trataba de una forma particular de identidad aun al interior de la población de ascendencia mexicana, distinta tanto de aquella sostenida por la población con pretensiones asimilacionistas, especialmente de clase media, como de la más mexicanista y tradicionalista de sus padres de clase trabajadora.

Esta historia épica no tiene un final feliz. El traje zoot resultaba tan transgresivo que entre el 3 y el 7 de junio de 1943 ocurrieron los mal llamados motines del zoot suit en Los Ángeles, en los que marineros de licencia ayudados por población civil atacan violentamente a todo aquel que encuentren en las calles usando el traje zoot. Decenas de adolescentes y jóvenes son sacados de cines y restaurantes del centro de la ciudad para ser golpeados y despojados de sus trajes, los cuales son rasgados despiadadamente (Mazón, 1989: 76; Camarillo, 1984: 67; Griswold, 2008: 41).

El 8 de junio, las autoridades militares declaran al centro de Los Ángeles zona fuera de límites, esto es, prohibida para todo el personal militar por considerar que la policía no podía controlar la situación. Además, el Consejo de la Ciudad de Los Ángeles aprobó el 9 de junio una resolución prohibiendo el uso del zoot-suit en los límites de la ciudad y castigando su uso con 30 días de cárcel por considerarlo una molestia pública (Mazón, 1989: 73-76).

Con esto, el pachuquismo se desvaneció como contracultura visible y notoria, aunque no así su impronta, que podemos encontrar en el activismo político chicano desde los 60 hasta la fecha, así como en identidades juveniles chicanas, urbanas y marginales anti-asimilacionistas tales como las de los vatos locos y cholos, que han reivindicado orgullosamente a los pachucos como sus antecesores y los han elevado al nivel de ideal normativo recuperando preceptos que se considera provienen de su contracultura, tales como el carnalismo, el amor por el barrio, la afirmación de su diferencia étnica y cultural, la agresividad como medio de enfrentar la vida y la actitud de confrontación a los estándares de lo que se considera la “buena sociedad” (Madrid-Barela, 1974: 52; Valenzuela, 1998: 266; José Agustín, 1996: 18).

Las pachucas en particular han aportado una importante experiencia histórica de resistencia femenina a la imposición de estereotipos que dan un soporte simbólico a las desigualdades de género y nos enseñan que la subversión de la injusticia social pasa por los aparentemente más insignificantes detalles de la vida cotidiana como el vestuario, el maquillaje o el baile.

Y si el pachuquismo femenino se traduce en un ánimo de insumisión, autonomía y rebeldía frente al establishment racista y heteropatriarcal, se trata entonces de un espíritu siempre vigente que me lleva a exclamar decidida: ¡Pachuca yo!

Bibliografía

  • Acuña Rodolfo (1976): América ocupada. Los chicanos y su lucha de liberación, Era, México.
  • Camarillo Albert (1984): Chicanos in California. A History of Mexican Americans in California, Boyd and Fraser Publishing Company, San Francisco.
  • Cosgrove Stuart (1984): “The Zoot-Suit and Style Warfare” en History Workshop Journal, 18, otoño, Oxford University Press, Nueva York.
  • Escobed Elizabeth R. (2013): From coveralls to Zoot Suits. The lives of Mexican American women on the World War II home front, The University of North Carolina Press.
  • García y García Esperanza (2007): El movimiento chicano en el paradigma del multiculturalismo de los Estados Unidos: de pochos a chicanos, hacia la identidad, Ibero, CISAN, UNAM, México.
  • Griswold Del Castillo (2008): World War II and Mexican American Civil Rights, University of Texas Press, Austin.
  • José Agustín (1996): La contracultura en México. La historia y el significado de los rebeldes sin causa, los jipitecas, los punks y las bandas, Grijalbo, México.
  • Madrid-Barela Arturo (1974): “In Search of the Authentic Pachuco: An Interpretive Essay” en Aztlán. Chicano Journal of the Social Sciences and the Arts, primavera, UCLA, Los Ángeles, pp. 31-60.
  • Mazón Mauricio (1989): The Zoot-Suit Riots. The psychology of symbolic annihilation, University of Texas Press, Austin.
  • Monroy Douglas (1999): Mexican Los Angeles. From the great migration to the great depression, University of California Press, California.
  • Ramírez Catherine (2002): “Crimes of Fashion. The Pachuca and Chicana Style Politics” en Feminism, race, transnationalism, vol. 2, no. 2, Wesleyan University Press, Estados Unidos, pp. 1-35.
  • Valenzuela Arce José Manuel (1998): El color de las sombras. Chicanos, identidad y racismo, Plaza y Valdés, Ibero, Colegio de la Frontera Norte, México.
  • Zaragosa Vargas (2011): Crucible of struggle. A history of Mexican americans from Colonial Times to the Present Era, Oxford University Press, Nueva York.

[1] Profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. Correo electrónico: saldana_psm01@yahoo.com.mx

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